¿Demasiada democracia?

Por Gabriel Tortella, catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá (Actualmente emérito de la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales).

Es hoy casi un dogma que la democracia es el mejor sistema de gobierno que existe. El dogma es indiscutido en España, donde la larga dictadura de Franco confirió un aura de santidad al sistema político que tanto persiguió aquel régimen. Tanto es así que muchos lectores pueden quizá sentirse ofendidos por el simple título de este artículo. Sin embargo, los tabúes mentales y los dogmas no son prácticas recomendables en la búsqueda de la verdad. Y la verdad es que en esta cuestión las cosas son menos claras de lo que la mayoría piensa. He aquí el problema de la democracia.

La primera cuestión es: si el sistema es tan bueno, ¿cómo se entiende que?:

1) se haya aplicado en un espacio de tiempo tan corto dentro de la historia;

2) haya producido un número tan alto de fracasos? Vayamos por partes.

La democracia fue un invento de la Grecia clásica y se puso en práctica en los siglos V y IV a. C. Desde entonces hasta finales del siglo XIX d. C. no se volvió a instaurar, no porque no se conociera sino porque la gran mayoría la consideraba inviable.

Había dos razones fundamentales para desconfiar de la democracia. En primer lugar, que el pueblo era demasiado ignorante para entender en cuestiones de gobierno. En segundo lugar, que la gran masa que no pagaba impuestos no estaba legitimada para intervenir en cómo se distribuían el gasto público y la carga tributaria. Por estas razones, incluso los revolucionarios que derribaron las monarquías absolutas en Inglaterra y en Francia, o que crearon un sistema republicano en América establecieron sistemas parlamentarios, pero no democráticos, es decir, donde sólo votaba una parte de la población. La extensión del sufragio fue llevándose a cabo gradualmente y sólo en el siglo XX se generalizó el sufragio universal, que es la esencia de la democracia.

El siglo XX fue testigo del triunfo de este sistema. Pero también lo fue de las dos guerras mundiales y de gobiernos de una crueldad inaudita, como los de Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Sadam Husein, Rafael Videla, Augusto Pinochet, Fidel Castro, etcétera. Se dirá que esas dictaduras no hicieron sino alimentar el anhelo de democracia, lo cual es verdad; pero es una verdad incompleta. Lo es, porque muchos dictadores del siglo XX fueron elegidos democráticamente, como Hitler, Mussolini, Dollfuss, Perón, Getulio Vargas, Fujimori, Milosevic, Hugo Banzer y tantos otros de difícil adscripción.

Pero además de elegir dictadores, la democracia más de una vez simplemente ha elegido -y a menudo reelegido- presidentes y gobiernos desastrosos. Además de los anteriores, otros gobernantes quizá no tan crueles o dictatoriales han sido notoriamente corruptos o incompetentes (o las dos cosas), como Abdalá Bucaram (apodado el Loco) en Ecuador, Benazir Bhutto y Nawaz Sharif en Pakistán, Alan García en Perú (recientemente reelegido como mal menor, ha pedido perdón por los desastres de su pasado mandato), Arnoldo Alemán en Nicaragua, Mahmud Ahmadineyad en Irán, Kwame Nkruma en Ghana, Gnassingué Eyadema en Togo, o el tan reelegido Yassir Arafat en Palestina.

Pero no se crea que en los países desarrollados los electores no han cometido errores garrafales: Richard Nixon en Estados Unidos fue reelegido por fuerte mayoría casi un año después de haberse descubierto que sus hombres habían asaltado el hotel Watergate. Los electores no se enteraron hasta mucho después; habían olvidado mucho antes los escándalos de Nixon cuando fue vicepresidente con Eisenhower.

También olvidaron los electores franceses en 1981 el escándalo del fingido atentado a François Mitterrand que hizo desaparecer a éste de la escena política francesa por muchos años. Por último, los electores norteamericanos reeligieron decisivamente a George W. Bush en 2004 tras haberle dado en 2002 un claro mandato para invadir Irak, mandato que esos mismos electores acaban de revocar el pasado día 7. Los electores norteamericanos están ahora indignados de que Bush haya llevado a cabo la política que ellos votaron repetidamente.

Como señala en un libro reciente el escritor estadounidense Fayeed Zakaria (The Future of Freedom), los electores no sólo son inconsecuentes, sino que se muestran decepcionados por sus representantes y manifiestan más confianza en instituciones no electivas. En encuesta tras encuesta en los países desarrollados, el público declara confiar más en instituciones asistenciales, religiosas o, en los países monárquicos, la Monarquía, que en los partidos políticos o los parlamentos, que son las instituciones genuinamente democráticas. De un lado, esto es consecuencia de algo que ya demostró en su día Kenneth Arrow y que le valió el Premio Nobel: no hay coherencia en las decisiones colectivas. De otro lado, es necesario hacer una distinción en la que insiste Zakaria, ya advertida por el genio de John Stuart Mill y que le movió a escribir On Liberty: democracia y libertad no son sinónimos, y en muchas ocasiones son antagónicos.

El problema reside en la citada incoherencia colectiva. Los electores son objeto a menudo de aberraciones masivas cuando algún acontecimiento les produce miedo o inseguridad. Los alemanes votaron a Hitler ante el pavoroso aumento del desempleo a partir de 1930. En la España republicana, las elecciones produjeron tres vuelcos en cinco años. Estos bandazos democráticos trajeron una guerra mundial y una guerra civil. En Estados Unidos, los horrores del 11-S agitaron de tal modo al electorado estadounidense que lo arrojaron en los brazos de un presidente supuestamente firme y resuelto. En la España de hoy, el horror del 11-M produjo el conocido vuelco electoral. Bush y Zapatero deben sus triunfos electorales a reacciones populares simétricas de signo opuesto. Ante tal volubilidad, las instituciones que no se dejan influir por estos vaivenes porque no dependen del corto plazo electoral adquieren un merecido prestigio: monarcas, ciertos presidentes, bancos centrales, defensores del pueblo, fundaciones; o grandes estadistas que se mantienen firmes ante viento y marea, como Churchill ante el efímero apoyo popular al pacifismo de Chamberlain en Múnich. Por eso dice el tan citado Zakaria que “lo que se necesita en política hoy no es más democracia, sino menos”.

Es urgente buscar modos de fortalecer las instituciones ante los embates de la opinión y el oportunismo de los políticos. No es añoranza del autoritarismo: es rechazo a la demagogia.

Fuente: EL PAÍS, 20/11/06

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